
¡Che, gamers! Si hay algo que nos gusta debatir a los fanáticos de Assassin's Creed es cuál es el mejor protagonista de la saga. Hay para todos los gustos: el honorable Altaïr, el carismático Ezio, el revolucionario Connor… pero si me preguntan a mí (y a muchos otros), hay un chabón que se lleva todos los laureles, y es el pirata más zarpado de todos: Edward Kenway de Assassin's Creed IV: Black Flag. ¿Y saben por qué? La posta es que a este loco le importaba un pepino el Credo al principio, y eso, paradójicamente, lo hizo el más auténtico.
Un pirata con cuchillas, no con principios
Desde el vamos, Edward no era el típico Assassin. No nació en la Hermandad, no fue entrenado desde pibito para seguir sus reglas, ni le importaba un carajo la eterna lucha entre Asesinos y Templarios. Él era un pirata galés con un solo objetivo en la vida: hacerse millonario, vivir la joda, y dejar atrás su pasado de granjero. Cuando se cruza en el camino de la Hermandad, no lo hace por convicción, sino por pura conveniencia. Ve las herramientas y las habilidades de los Asesinos como un medio para sus propios fines, una forma más eficiente de saquear barcos y encontrar tesoros. ¡Un capo!
Esta actitud, que a priori podría parecer una traición a todo lo que representa la saga, es justamente lo que lo hace tan refrescante. Estamos acostumbrados a héroes que abrazan su destino con honor y sacrificio. Edward, en cambio, es un anti-héroe en toda regla. Es egoísta, impulsivo, y sus motivaciones son puramente mundanas. Y eso, amigos, es la posta de su encanto. Nos permitía vivir una fantasía pirata sin el peso de una guerra milenaria, al menos al principio.
Verlo usar las icónicas cuchillas ocultas para robar, intimidar o simplemente salirse con la suya, sin la carga moral de "proteger el libre albedrío", fue un soplo de aire fresco. No era un soldado del Credo, era un lobo de mar con herramientas de Assassin, y eso lo hacía impredecible y mucho más humano.
Cuando la indiferencia te hace más profundo
La indiferencia inicial de Edward hacia el Credo no solo lo diferencia de otros protagonistas, sino que también le permite tener un arco de personaje mucho más orgánico y creíble. Él no está atado a profecías o legados ancestrales. Su crecimiento es personal, impulsado por sus propias experiencias y las consecuencias de sus acciones. A lo largo del juego, vemos cómo la vida pirata, las traiciones, las pérdidas y la amistad con figuras como Barbanegra, Mary Read y Anne Bonny, lo van moldeando.
Es a través de estas vivencias, y no por un juramento, que Edward empieza a entender la importancia de algo más grande que él mismo. Empieza a ver el valor de la justicia, de la libertad (la verdadera, no solo la de saquear) y de proteger a los inocentes. Su evolución no es forzada; es el resultado natural de un hombre que, buscando tesoros, encuentra un propósito.
Este enfoque le dio a Black Flag una narrativa mucho más centrada en el personaje y su viaje personal, en lugar de en la mitología de la saga. Si bien la trama del Credo está ahí, es un telón de fondo para la verdadera historia: la de un pirata que, sin quererlo, se convierte en algo más. Esa libertad narrativa, de no tener que justificar cada acción con la filosofía del Credo, le permitió al juego explorar temas más maduros y personales.
Muchos gamers se sintieron identificados con Edward precisamente por esta "rebeldía". ¿Quién no quiso alguna vez mandar todo a la mierda y hacer la propia? Edward Kenway encarnó ese espíritu, y por eso se ganó un lugar especial en el corazón de la comunidad.
El legado del pirata que encontró su camino
Hacia el final de su aventura, Edward no es el mismo pibe ambicioso y egoísta del principio. Ha visto el lado oscuro de la libertad sin límites, ha sufrido pérdidas significativas y ha aprendido a valorar las cosas que realmente importan. Cuando finalmente abraza los ideales de los Asesinos, lo hace desde una posición de entendimiento y madurez, no de obligación. Él elige el Credo, no el Credo lo elige a él, y esa es una diferencia fundamental.
Su historia es un recordatorio de que los mejores héroes no siempre son los que nacen perfectos o con un destino preescrito. A veces, son los que tropiezan, los que cometen errores, los que buscan su propio camino y, en el proceso, encuentran un propósito inesperado que los eleva por encima de sus ambiciones iniciales. Edward Kenway es la prueba viviente de que la indiferencia, cuando se transforma en comprensión, puede forjar al Assassin más memorable de todos.
Así que la próxima vez que te pongas a debatir sobre los protagonistas de Assassin's Creed, no te olvides del pirata que le chupa un huevo el Credo (al principio, claro). Porque, posta, ese es el que más nos enseñó sobre la libertad, la redención y el verdadero significado de elegir tu propio camino.
Fuente
Artículo original: IGN
📰 Fuente original: www.ign.com